La voz de los que no tienen voto

Entrada sólo en inglés, aquí.

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Soy periodista. Eso va a cambiar.

Soy periodista. Es lo que hago, es lo que soy. Probablemente lo que más te define es lo que haces. En mi caso, es algo que se ha relacionado con varias cosas en la última década, todas ellas convergentes en el periodismo. Eso va a cambiar.

Es difícil cambiar el rumbo. Sin embargo, a veces se siente que se ha llegado a una pared y tienes que ir en otra dirección. Eso no sólo es lo que siento ahora, pero también cómo me he sentido durante el último par de años. Es la razón por la que me estoy embarcando en esta nueva carrera como paramédico.

Parece ayer, pero este mes de agosto es el décimo aniversario de la fecha que considero mi bautismo de fuego en el periodismo. En 2004, diez años atrás, todavía en mi segundo año en la universidad, estaba harto de no conseguir respuestas de nadie para trabajar, ni siquiera como becario -aparentemente era un requisito estar en los dos últimos años de tus estudios. Así que dije: "A la mierda" e hice lo mismo que muchos periodistas antes que yo habían hecho: hice las maletas, agarraré mi cámara y me decidí a pasar mis vacaciones en algún lugar de interés periodístico: Palestina.

De ese viaje me traje mi primer artículo publicado, un montón de fotos, una cámara rota (culpo a los guardias del Ben Gurion) y muchos amigos, historias y contactos. Después vendrían Bosnia, Irak, Siria o Egipto. Y entre medias, con el fin de pagar las facturas, tenía que trabajar en lo que pudiera. Traté de mantenerlo relacionado con el mundillo, para no perder el tren: comunicación corporativa, analista, blogger, consultorías de redes sociales, inteligencia corporativa...

Pero la verdad es que el estilo de vida freelance nunca despegó. Me culpo a mí mismo. Quizá es que yo no soy lo suficientemente bueno. O podría ser otra cosa. Soy un desastre como agente comercial, tengo cero habilidades de venta y aunque me gusta buscar y contar historias, todo el proceso de venta a medios es agotador. Soy un inútil en eso. En un mercado dominado por freelances, eso es malo.

No ayuda estar en una industria que paga unas tarifas apenas suficientes para vivir por pieza realizada y donde algunas personas aún así esperan que trabajes gratis. La publicidad que te hacen no paga las facturas. Sin un salario digno, el periodismo muta del trabajo más bonito del mundo a la afición más bonita del mundo.

Tampoco ayudó que probablemente nunca me recuperé del golpe psicológico que fue tener que presenciar como un mero espectador, desde Nueva Zelanda, la Primavera Árabe. El Oriente Medio ha sido mi especialidad desde incluso antes de empezar y en su momento más definitorio estaba atrapado en el otro lado del mundo. Fue un duro golpe, una píldora difícil de tragar. Sentado en mi apartamento de Auckland, creo, perdí el tren por completo.

A pesar de ello, no desesperé. Me decidí a encontrar mi lugar. Lo intenté entonces en Londres, que paga salarios decentes y ofrece trabajo. Pero no funcionó. De alguna manera, algo faltaba. Los photocalls con famosos no acababan de llenarme.

Me metí en el periodismo con la idea de contribuir a crear un mundo mejor, al igual que muchos otros. Pero a diferencia de ellos, he mantenido esa meta desde entonces. La realidad, sin embargo, es que yo no puedo hacer mucho. Por cada mala historia de un cruce fronterizo que tengo, también tengo historias de gente dándome las gracias por estar ahí, pensando que mi cámara o mi bolígrafo despertarán mentes en Bruselas o Washington para detener un genocidio o para ayudarles a combatir un enemigo invisible.

Eso es mentira. Realmente no podemos hacer una mierda.

Puede ser que consiga un artículo publicado explicando la tragedia de los kurdos, o una imagen de un niño en los escombros en Gaza en la primera página, pero incluso si es visto o leído u oído, va a ser olvidado tras la última aparición de una Kardashian o el último gol de Ronaldo en Liga. La mayoría lo leerá (si acaso) y seguirán con su vida. Y no tengo nada en contra de eso. Es más, lo entiendo. Pero en los medios no se debería pensar así, y lo hacen.

Y entonces es cuando la gente sigo o que conozco empieza a caer. No era la primera vez que había sucedido. Pero de alguna manera esta vez, y gracias al efecto de las redes sociales, impactan más cerca. Era diferente a leer sobre las muertes de los periodistas del pasado. Esta gente me había dado consejos, habíamos compartido una cerveza o habíamos corrido juntos escapando del IDF.

La muerte la semana pasada de Jim es el último punto de dos años de estar en un lugar muy incómodo, deseando el final feliz de un secuestro de un colega o lamentando la muerte de otros. ¿Podría haber sido yo que en lugar de Ricard o Jim o Azem si hubiera seguido en el camino por el que iba hasta el 2011? Más de 270 periodistas han muerto en los últimos dos años.

Todo eso por nada. La gente en general no se preocupa por cosas “aburridas” como la política y la muerte de otros en lugares lejanos. Aunque muchas personas se me acercaron después de la muerte de Jim para expresar sus condolencias, hay un amigo que después de preguntarme "¿Quién es ese Jim?" y de explicarle todo, sólo me dijo: "Ah, vale… Qué cosas". Lo que es peor, después de la muerte de Jim, he tenido que ver no sólo a algunos medios de comunicación que trataron de convertirlo en un circo sino también a gente que ve conspiraciones en todas partes insultando la memoria de alguien que nunca conocieron por el bien de su causa estúpida.

Todo ello me hizo replantearme mis prioridades. Mucho ha cambiado desde que empecé. Yo también he cambiado demasiado. Cuando caminaba entre los escombros en Nablus y conocí a Yasser Arafat en Ramallah en 2004, yo estaba soltero y disfrutando de esa vida. Ahora tengo una relación estable con una mujer maravillosa con quien hablo constantemente acerca de nuestro futuro juntos. Ahora pienso por dos. Teniendo en cuenta eso, ¿es justo que arriesgue mi vida por una miseria de sueldo en un trabajo muy exigente que apenas mejora la vida de las personas?

Probablemente podría seguir haciéndolo si pagara bien. O si no fuera tan arriesgado. O si valiera la pena y realmente ayudara a la gente. Pero el periodismo de hoy no hace nada de eso. Lo que es peor, creo que el periodismo está muerto como lo conocíamos. Algunos privilegiados prevalecerán mientras que la mayoría se verán obligados a buscar pastos más verdes en otros puestos de trabajo. Y no me malinterpreten, hay una plétora de excelentes periodistas y fotógrafos que sobrevivirán; pero yo no estoy en ese grupo. Aún así, podría seguir intentándolo si mis circunstancias personales fueran diferentes. Pero mis prioridades han cambiado ahora.

Es por todo eso que estoy empezando una nueva carrera y tratando de convertirme en un paramédico. Mantiene el estrés, largas horas y el riesgo de periodismo, incluso algo de la ingratitud y la impotencia frente a determinadas situaciones. Pero te permite ayudar a la gente de forma directa y tiene un efecto inmediato en su vida. También me permite volver a mi pareja todos los días después del trabajo. Y tiene un futuro mejor mientras que la paga es decente.

Sin embargo, sé que nunca seré capaz de dejar el periodismo completamente atrás. Es una gran parte de mí. Volveré a este blog y a la página de Facebook de vez en cuando. Este es un paso atrás algo agridulce, que me ha hecho el hombre que soy hoy en día y que me ha dado tanto, pero al mismo tiempo que también me ha llevado a esta situación. Estimo y aprecio a los colegas que he conocido que siguen haciendo un gran trabajo a pesar de todo y espero que continúen con el trabajo que están haciendo. Van a encontrar una manera de hacer que importe, estoy seguro de eso.

En cuanto a mí, sé que esta nueva vida como paramédico probablemente será una mejor opción para mí teniendo en cuenta mi situación actual y futura. Para desesperación de mi novia, no descarto a volver a una zona de conflicto cuando me gradúe, en una labor humanitaria esta vez, más cerca de las historias de aquellos escuché durante diez años y, esta vez sí, siendo capaz de ayudarles de una manera directa.


Ha sido un gran viaje. Pero es hora de cambiar.

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Free James Foley


Cuando oyes que algún compañero en una zona de conflicto ha sufrido un percance siempre te entra una sensación extraña. Es ése “podría haber sido yo”. En mi caso, estando en proceso de retirada del periodismo, es una sensación de alivio pensar que no voy a tener que enfrentarme a esos problemas. Ni yo ni mis seres queridos, que a fin de cuentas son quienes más sufren en estas ocasiones.

Pero eso no quita que se te siga poniendo un nudo en el estómago. El último en esa lista es James Foley, secuestrado en Siria desde hace casi tres meses. No es la primera vez que le pasa. En Libia, las tropas de Gadafi le mantuvieron retenido junto con otros dos periodistas occidentales durante seis semanas.

Foley pilla más cercano porque aunque mi relación con él se reduce a mensajes vía Facebook, es un periodista al que admiro. No sólo por su trabajo, sino por su calidad moral. El pasado verano, James coordinó junto con Manu Brabo una campaña para donar una ambulancia a los necesitados hospitales de Aleppo. Antes ya había colaborado en otra campaña para recoger fondos destinados a los hijos del fotógrafo Anton Hammerl, que murió cuando Foley, Bravo y Gillis fueron capturados en Libia.

Photo: Nicole Tung
James fue secuestrado el día de acción de gracias cerca de Idlib. Poco más se sabe. Ni quién lo hizo, ni dónde puede estar, ni las razones de su secuestro. Su familia ha intentado desesperadamente conocer cualquier dato sobre su paradero, sin resultados. Una página web, www.freejamesfoley.org admite firmas online en una petición para liberar al periodista estadounidense.

El secuestro de James, unido a las muertes de dos periodistas en Siria en enero, pone de relieve los peligros a los que los informadores se enfrentan en las zonas de conflicto. Cada vez con más frecuencia, los secuestros se suceden como una forma de conseguir dinero rápido para las distintas facciones en combate u oportunistas sin escrúpulos.

Si bien al acudir a una zona de conflicto sabes a lo que te expones, la situación ha empeorado exponencialmente. De ser daños colaterales los periodistas han pasado a ser objetivos legítimos para todas las partes, como varios ejemplos han demostrado en Siria o Gaza. Una situación que lejos de mejorar, parece empeorar día a día.

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El país de las armas


Tras la última masacre en Newtown el debate sobre el control de armas ha saltado de Nuevo a las portadas. Y de nuevo, la gente que nunca quiere hablar sobre ello es la que dice que sería insensible hacerlo ahora. “Demasiado pronto”, dicen.

El problema es que los tiroteos están amontonándose. Y justo cuando el periodo de duelo por el de Portland estaba acabando –y acorde con la Asociación Nacional del Rifle (NRA), está bien hablar sobre ello- llegó el de Newtown.

Como mucha gente ha señalado no es que sea demasiado pronto. En realidad es demasiado tarde. Todo esto debería haberse discutido antes. Sería lógico pensar que después de que una Congresista fuera atacada, el tema habría cobrado más importancia. Pero no.

Algunos de los que se oponen al control de armas creen que el gobierno les quitaría las armas de las manos. Pero tienen que comprender es que un mayor control no implica prohibición y aun sería posible conseguir armas. Sólo que de forma más controlada. Y hay muchísimas razones para hacerlo.

Una excusa común es la de una deficiente cobertura de salud mental que no identifica y trata a sujetos peligrosos es la culpable. Curiosamente, la mayoría de éstos son más cercanos a posiciones Republicanas que Demócratas. Y ellos también se opusieron a Obamacare. Es fácil imaginar qué tendrían que decir sobre impuestos yendo a financiar una cobertura de salud mental universal. Es más fácil armar a todo el mundo, al parecer.

No es que sea la única contradicción de los Republicanos. Se oponen al control sobre las armas, pero insisten en controlar las comunicaciones, qué pueden o no hacer las mujeres con sus cuerpos, con quién se puede casar cada uno o cómo identificar a los inmigrantes en plena calle. Libertad selectiva, según parece.

Resultaría interesante destacar que bastó un solo terrorista suicida con una bomba en los zapatos para que ahora todos sin excepción debamos descalzarnos en los aeropuertos. Sin embargo, da igual cuántos tiroteos o muertes por armas de fuego haya.

Los simpatizantes del NRA citan con frecuencia a Suiza e Israel como países con leyes sobre armas tan permisivas como las americanas pero ambos han endurecido recientemente las condiciones para acceder a las armas. Australia hace décadas que aplicó leyes al respecto y los números hablan por sí solos. En Japón, se ha conseguido reducir el número de muertes por armas de fuego a menos de 20 al año.

El otro ejemplo de un país con leyes tan permisivas como Estados Unidos es Finlandia. Curiosamente, ambos países encabezan el ranking de tiroteos con civiles envueltos.

En cuanto a la Segunda Enmienda, es comprensible que en la América post-independencia fuera necesario crear una milicia. Pero ahora es un anacronismo.

Mi mente europea es incapaz de concebir cómo los ciudadanos del país con el ejército más poderoso del mundo se sienten tan inseguros como para necesitar tener en casa un arma. Por no hablar de los rifles de asalto.

Y en cuanto a delincuentes comunes, si sólo los que deben preservar la ley y el orden -como policías- llevaran armas, no habría necesidad de llevar nada para defenderse.

“Eso no va a parar a alguien que quiera hacer daño” es otra de las excusas del NRA. Y en eso coincido. Ni siquiera las leyes más estrictas detendrán a un lunático, como pasó en Noruega. Pero al menos, la frecuencia y la gravedad de los incidentes sería mucho menor.

Quítale el arma a un lunático y encontrará otra manera de hacerlo. Pero probablemente sea una manera menos letal. Como un cuchillo. Justo el mismo día de la masacre, un loco entró en una escuela en China armado con un enorme cuchillo de carnicero. Hirió a 22 niños, pero ninguno ha muerto.

¿Cuántos muertos más hacen falta para tomar cartas en el asunto? Hoy mismo ha habido otro tiroteo en Colorado con cuatro muertos. Y mientras tanto, las ventas de armas no hacen más que aumentar, como en ocasiones anteriores, con la prensa actuando más como un agitador que como un elemento de razón.


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El derecho a ofender y ser ofendido


Los últimos acontecimientos alrededor de la broma al hospital de Kate Middleton me tienen alucinado. Pero no por la misma razón que al resto del mundo, más bien al contrario.

Para los que han vivido aislados la última semana y no saben de qué hablo: Kate Middleton ingresó en el hospital por una dolencia menor. Dos DJs de una radio australiana decidieron llamar al hospital, imitando la voz de la reina, para intentar hablar con la duquesa. Era todo una broma.

La sorpresa vino porque aunque no consiguieron hablar con Kate Middleton, la enfermera les creyó y les dio un informe de su evolución. La opinión pública se mostró furiosa de cómo se había llevado todo el asunto y a los dos días la enfermera del incidente apareció muerta, aparentemente tras suicidarse.

Esa misma opinión pública, capitaneada por la prensa británica -y no sólo los tabloides- pide ahora la cabeza de los DJs, Scotland Yard quiere interrogarlos y todo el mundo en Inglaterra les culpa de la muerte de la enfermera.

Un montón de mierda.

Para empezar, un suicidio es más complejo que todo eso y sería estúpido culpar a un único acto. Ese acto puede ser el desencadenante, pero sería sólo la punta del iceberg.

Es más, quienes hicieron grande la historia en primera instancia -la opinión pública y la prensa británica- son los que deberían culparse. Ellos son los que crearon la presión sobre la pobre enfermera que simplemente fue la víctima de una broma -que ni siquiera era graciosa, pero tampoco cruel.

Nadie protestó por esto
Tampoco es que eso sea tan raro. Hace unos meses la opinión pública y medios de todo el mundo rieron a carcajadas la metedura de pata de una anciana española al “restaurar” una obra de arte en una iglesia. Incluso Conan O’Brien en Estados Unidos se hizo eco de ello.

La presión sobre la pobre señora fue descomunal, que instantáneamente se convirtió en un fenómeno de Internet. Pero a nadie pareció importarle.

Idealmente, esta broma debería haber hecho sonar las alarmas en el servicio secreto y mejorar la seguridad y los filtros alrededor de la familia real. Y ése debería ser el verdadero debate, cómo dos simples locutores de radio lograron romper el cordón y llegar a un proveedor de información confidencial tan fácilmente.

Sin embargo, la misma opinión pública y medios que montaron la presión social que puede que empujara a la enfermera a suicidarse, esos mismos ahora montan más presión social para que despidan a los dos DJs. ¿Quién será el siguiente?

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La sinrazón de los asentamientos

Me suelo considerar una persona bastante equilibrada y justa. En cuanto al conflicto entre Israel y Palestina, creo que ambos bandos tienen su parte de razón.

Sin embargo con los asentamientos soy estricto: son un obstáculo para la paz o para una posible solución de dos estados -lo que sea que venga antes.

En una ocasión tuve la oportunidad de hablar con una judía americana de Nueva Jersey. Fue una conversación interesante, educada y civilizada con una mujer con amplia formación. Hacia el final, empezamos a hablar de los asentamientos con posturas opuestas.

Cuando a cada cuestión le respondía con argumentos sólidos contra los colonos basados en leyes internacionales o el sentido común, esta mujer educada y con amplia formación no tuvo más remedio que aceptar que tenía razón.

- Pero entonces, ¿por qué Israel sigue construyendo?
- Porque podemos.

Ése “porque podemos” me pilló a pie cambiado. Que viniera de una persona que sabía de lo que hablaba y que, insisto, me había dado la razón me parecía aun más inverosímil.

Pero en realidad eso parece resumir la actual posición israelí en el tema de los asentamientos. Lo hacen porque pueden.

Photo by: pinky_again/flickr
Tienen las espaldas guardadas por Estados Unidos, el único arsenal nuclear de Oriente Medio y la mayor potencia militar regional. 

Y hasta que esto no cambie, no importa cuántas resoluciones tome la ONU. Israel continuará ocupando lo que consideran como su derecho divino.

Algo que, por sí solo, nos daría de sobra para hablar durante horas.

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Cómo conocí Estambul

Cuando supimos que deberíamos coger un autobús de Tesalónica a Estambul (8 horas) al principio palidecimos. Teníamos la experiencia de los trenes griegos –que no son precisamente de primera clase- y nuestra única experiencia autobusera del viaje se limitaba a la odisea de los Balcanes.

Sin embargo al ver el autobús que nos esperaba, sentimos un alivio considerable. Amplio, moderno, con aire acondicionado, televisión individual, un azafato pasando cada poco para darte agua y snacks… Inexplicablemente, sin WC a bordo. Dentro del autobús conocimos a dos primos americanos que estaban de ruta por Europa y a Barney Stinson. O si no era él, su hermano gemelo. Juzgad vosotros mismos aquí y aquí.

Luego en Estambul llegó el caos de tráfico que me acompañaría por todo Oriente Medio. Perdidos en medio de la estación de autobuses (varios kilómetros a las afueras de Estambul), Barney, los americanos, David y yo estábamos más perdidos que Marco en el día de la madre. Todo el mundo al que preguntábamos no hacía sino repetirnos incesantemente “Aksaray, Aksaray!” –otro más a añadir a Alençon, Hollendretch y Doboj.

Al final, cogimos un taxi entre los cinco –los ilusos americanos y Barney pensaban que íbamos a coger dos taxis para los cinco…- hasta el centro de la ciudad. Allí cada cual se separo para ir en diferentes direcciones. Volveríamos a ver a Barney al día siguiente, justo antes de coger un tren a Sofía. Pobre loco, saltarse Estambul para ver esa mierda de ciudad. Tendría alguna búlgara esperándolo.

Sobre Estambul sólo me cabe decir que es realmente impresionante. Hagia Sofía y el Palacio de Topkapi se llevan toda la fama, pero para mi gusto la Mezquita Azul y la cisterna subterránea tienen un toque especial. De nuevo, entrada gratis por ser periodista en todos los sitios. Aunque el tío que daba las entradas del Harén del Topkapi no quería darme la entrada y le costó entrar en razón. Tuve que discutir con él durante más de cinco minutos, ensenarle mis credenciales como periodista –incluyendo el pasaporte de prensa, que viene explicado en varios idiomas incluyendo el turco- para que al final no me diera la entrada, sino que literalmente me la tirara con mala cara, algún insulto en turco de por medio y un gesto a medio camino entre el desdén, el asco y el típico que te jodan con un dedo en alto.

El segundo día fue más relajado. Aprovechamos para comprar regalos para los de casa (entre David y yo agotamos todas las existencias de una tienda en concreto) y mandar un paquete por correo postal con todo el peso extra que llevábamos encima acumulado. Una puesta de sol desde el puente Gálata me hizo estar durante una hora entre Asia y Europa –aunque no fuera entre una asiática y una europea y ser entrevistado por unos estudiantes de periodismo y ciencias políticas completó el tour de Estambul.

Tocaba despedirse de Estambul y de David. Mientras que él volvía yo me quedaba y aun tenía por delante un mes de viaje. Y lo más excitante estaba por llegar. De hecho, llegaba ya. Era al día siguiente.

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Empacho de Historia, sol y kilómetros

Atenas es una ciudad donde a cada paso te encuentras un trozo de Historia. O al menos así es en el centro. Dado que íbamos a estar durante tres días allí, decidimos tomárnoslo con calma y detenimiento. Es decir, que básicamente, el primer día nos dedicamos a pasear y no hacer nada.

El segundo día la idea era ir a una de las islas griegas que, al parecer, es un museo arqueológico en sí misma. Obviamente, no iba a ser fácil. La guía decía que se podía ir y volver en el día, con conexiones abundantes y frecuentes. Y sí, las había. Justo hasta la hora en la que llegábamos a la isla de enlace. Así que al final nos quedamos atrapados en Mikonos. Que por otra parte es una isla preciosa, aparte de dar nombre a un helado. Al final del día, dos ferries más a sumar a la larga lista de transportes utilizados y otro día de no hacer nada más que el vago y tomar el sol.

El tercer día tocaba ya ponerse las pilas. La Acrópolis esperaba. Y gracias a mi pase de periodista, sin pagar ni un duro en ningún sitio. La verdad es que la Acrópolis impresiona; mucho más vista de cerca. No tanto su museo. Para empezar, no dejan hacer fotos. Y para continuar, la mitad de lo que exponen son copias porque los originales están en el Museo Británico. Así que lo único que vale la pena de veras es ver el sitio de la Acrópolis. Para ver un museo sobre ella, mejor irse a Londres.

Atenas tocaba a su fin y en el último día me encontré en el hostal a dos chicos británicos que estaban recorriendo Europa en una especie de Interrail en barco. Los muy cabrones estaban estudiando algo que me encantaría aprender: Adventure Media. Lamentablemente apenas tuve tiempo de intercambiar emails porque nuestro tren a Tesalónica apremiaba.

La idea inicial era haber ido directos de Atenas a Estambul (23 horas de tren) pero aparentemente había algún problema con las vías o no sé qué cojones y sólo podíamos ir hasta Tesalónica. Allí teníamos la esperanza de poder quedar con los griegos del primer día, pero ninguno de ellos podía. Así que, como ya era habitual en Grecia, básicamente no hicimos otra cosa que pasear por Tesalónica –que por otra parte, no tiene mucho más para hacer.

Y al día siguiente, Estambul con Barney Stinson.

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Entrada al Olimpo

Tras la odisea balcánica, nos merecíamos algo como lo de Grecia. Ya desde el comienzo la cosa prometía. Cuando te metes en un tren lleno de jóvenes que vuelven de un concierto de rock y con ganas de liarla, el asunto no puede sino ir a mejor.

Curiosamente nos tocó –o eso creíamos- en un compartimento con los dos más tranquilos. Un chico y una chica que al principio creímos que eran pareja aunque luego se vio claramente que no. El caso es que hubo un momento de tensión cuando el tren se paró por 20 minutos en la frontera greco-búlgara. Ni pasaportes ni mierdas, la explicación era mucho más sencilla: huelga.

Grecia sufre una de las peores crisis económicas a nivel mundial y el gobierno ha optado por rebajar el salario a todo el mundo, empezando por los funcionarios de abajo. Obviamente eso no ha gustado mucho y las huelgas se suceden cada día. Esta vez le tocaba a los ferrocarriles. O quizás eran todos, pero al menos los de los trenes la hicieron.

La conexión entre los dos griegos de nuestro compartimento y nosotros se empezó a fraguar cuando nos preguntaron si podíamos cerrar la cortina, apagar la luz, abrir la ventana y encendernos un cigarro. Por supuesto a David y a mí no nos importó que fumaran como tampoco, parece, a los revisores que pasaban cada poco por allá. “Welcome to Greece”, como dijo Giannis.

En esas estábamos, compartiendo confesiones y un par de cervezas en la oscuridad de nuestro compartimento, cuando el tren se detiene de nuevo. Y esta vez para bien. Justo al lado de un bar. Maquinistas y revisores fueron los primeros en bajarse del tren, e inmediatamente después todo el mundo les siguió. Una hora y media estuvimos bebiendo retsina –una especie de kalimotxo descafeinado- invitados por los griegos. Parecíamos héroes siendo bienvenidos al Olimpo, con vino y… bueno, mujeres no.

Tras eso tocaba volver al tren. En Tesalónica la horda rockera se despidió del resto y nosotros, tras un cambio de vagón al que realmente debía haber sido nuestro vagón desde el principio –gracias a equivocarnos, pudimos conocer a los griegos- llegamos plácidamente dormidos a la capital griega, por fin, con un sol radiante y ni rastro de lluvia.

Atenas esperaba.

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La Odisea

Ulises en su vuelta a casa sufrió las iras de Poseidón en el mar. Nosotros las sufrimos en tierra.

Desde el comienzo de nuestro viaje la lluvia había sido una amenaza constante. En Londres nos respetó. En París y hasta Praga nos amenazó. En Viena nos descargó con furia –y me regaló un resfriado. En Budapest nos mantuvo encerrados buena parte del tiempo. Y en los Balcanes… Lloviznas intermitentes habían sido la constante en Sarajevo. Sin embargo, el resto del país parecía estar sufriendo un diluvio universal. Con la pobre infraestructura local, era de presagiar el desastre.

Montamos en un tren que debía durar ocho horas y llevarnos hasta Belgrado. La idea era llegar a Belgrado justo a tiempo para poder ver un poco la ciudad y montar en otro tren camino de Sofía. Y el caso es que todo iba bastante bien. Salimos sin retraso, íbamos a buen ritmo y parecía que las lluvias nos perdonaban la vida de momento.

Y tras cuatro horas así llegamos a Doboj –pueblo a añadir a Alençon y Hollendretch. De repente se para el tren y todo el mundo es obligado a bajar. Tras los primeros momentos de incertidumbre, me decido a preguntar al revisor. No habla inglés –cojonudo. Menos mal que una serbio-canadiense que andaba por allí me traduce: la vía está cortada por una inundación y tenemos que esperar en la estación a un autobús, ir en él hasta otro tren y seguir hasta Belgrado. Aprovechando que ya sabía por dónde me daba el aire, el revisor me cogió por banda y me hizo ir explicando uno por uno a todos los guiris qué pasaba. Relaciones públicas, así por la cara.

Resignados –y hambrientos- bajamos y nos dedicamos a esperar en la estación. Es curioso lo que estas experiencias hacen que la gente se acerque. David y yo apenas habíamos contactado con gente de fuera de nuestro minúsculo grupo hasta entonces salvo en Praga, y allí en Doboj entablamos conversación con una pareja inglesa, dos chicas francesas, dos serbio-canadienses y varios serbio-bosnios con los que no teníamos ni idea de cómo comunicarnos.

Cinco horas más tarde el autobús por fin apareció. El cielo literalmente se abrió para todos los que estábamos allí esperando. Pero era una ilusión. Nuestras penurias no habían hecho más que empezar. La causa de nuestro retraso –las inundaciones- habían convertido la carretera en un rio y nuestro autobús tardó más de dos horas y media en cruzar un espacio de apenas dos kilómetros. Eso sí, una vez cruzado el charco, todo fue bastante más rodado –incluyendo los puestos fronterizos.

Un nuevo cielo abierto se apareció cuando, cinco horas más tarde, por fin vimos nuestro tren a Belgrado esperando en otra estación perdida de la mano de dios. Primero porque por fin era un tren, y segundo –para David y para mí- porque por fin íbamos a comer algo. Ni nos ocupamos de buscar sitio: primera parada: la cafetería. Tres horas de tren que se pasaron bastante rápido en comparación con lo anterior.

Finalmente llegamos a Belgrado en plena noche. Claro, a esas horas, nuestro tren a Sofía por muy nocturno que era ya había desaparecido. Y no merecía la pena buscar un hostal para cinco horas –que es lo que tardaba en salir el siguiente tren. Así que nos tocó dormir en la estación de Belgrado, la misma que nuestra guía desaconsejaba por la gran presencia de vagabundos y amigos de lo ajeno. David pudo dormir algo; yo me dediqué a pasear y perder el tiempo.

Con mucho sueño y poca comida en estomago embarcamos por fin en el tren a Sofía. Ocho horas de tren que al menos sirvieron para dormir algo. Y así, tras 32 horas de viaje, llegamos a Sofía. Y cuál es nuestro premio por tan agotador viaje: una mierda de ciudad. Vale, sí; las búlgaras muy bien, nuestra couchsurfer genial. Pero de verdad, Sofía es una mierda de ciudad. Peor que Vitoria.

No me extraña que cogiéramos el primer tren a Atenas sin esperar al tren nocturno.

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Regreso a Sarajevo

Los Balcanes eran uno de los platos fuertes del viaje. Para empezar, es el primer sitio donde tendríamos nuestros pasaportes sellados. Y aparte de eso, estaba Sarajevo, una ciudad especialmente importante a un nivel profesional para mí. Y ciertamente, hasta Sarajevo, los Balcanes cumplieron con las expectativas.

El viaje entre Budapest y Zagreb, aunque largo, fue bastante sencillo y directo. Nada más llegar a Zagreb tocaba la rutina de encontrar hotel. Como de costumbre, tocó esperar y cuando por fin llegaron a abrirnos la puerta, sorpresa: era un hotel de japoneses. Llevado por japoneses, con huéspedes japoneses; una especie de pequeño Tokio en el centro de la capital croata. Cuanto menos, pintoresco.

Sin embargo, la ciudad en sí no tenía mucho de especial. Carente de las playas de Dubrovnik, el turismo de guerra de la Krajina o siquiera algún punto histórico relevante, era más bien aburrida. Y para colmo, lo poco que había que ver, estaba en remodelación y cubierto por lonas. En el lado bueno, multitud de mujeres guapas y cafeterías que recordaban el estilo de España. A fin de cuentas, estábamos en el Mediterráneo. Incluso disfrutamos por unos momentos viendo a Nueva Zelanda ganarle a Italia en el mundial de futbol y encontramos un sitio realmente chulo: el café Alcatraz. Ay si lo hubiéramos descubierto antes…

Pero el pez grande había sido desde el comienzo Sarajevo y le tocaba cumplir. Tras coger el tren nocturno, llegamos a primera hora de la mañana a una ciudad especial para mí. Tras Palestina, Sarajevo fue el segundo destino donde trabajé como periodista, allá por 2006. Entonces era estudiante y viajaba con un presupuesto mucho menor, pero esta vez quería hacerlo bien. Así que cumpliendo uno de mis sueños personales, me hospedé en el Holiday Inn de Sarajevo, con vistas en primera línea del frente.

No sólo yo viajaba con algo más de dinero. La ciudad en sí también parecía algo más saludable. Por ejemplo, el antiguo edificio del gobierno, que cuando yo lo vi en 2006 estaba en ruinas, resplandecía como nuevo con una moderna fachada acristalada y una cara mucho más limpia. También la Bascaricja, el barrio viejo, parecía mucho más rejuvenecida y cuidada y había mucha más vida en la calle.

Lamentablemente también había cosas que seguían igual. Muchos edificios siguen en ruinas o en un estado lamentable y semi-abandonados, el transporte público era ineficaz y claramente insuficiente y puntos turísticos como el túnel bajo el aeropuerto, que deberían de ser mejor tratados, apenas abrían durante 4 horas al día y visitarlos era difícil como poco.

Eso no es óbice para que la ciudad me dejara de nuevo ese agradable sabor de boca de la primera vez. Como bien dijo David, recorrer sitios como la Bascarijca por primera vez es impresionante, pero reconocer sitios –restaurantes, tiendas- donde ya has estado antes, es incluso mejor. La atmósfera es envidiable. La falta de turismo masivo, aunque dificulta que la industria se desarrolle, también te permite disfrutar sin barreras del Sarajevo real. Y nada se puede acercar siquiera a los cevapcici del mercado viejo de Sarajevo.

Y ahora, Belgrado y Sofía… Pero eso es otra historia.

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Belleza pasada por absenta

Fiesta. Necesitábamos fiesta en vena por cojones y de algún sitio habría que sacarla. De Praga me habían hablado Marcin y Kasia de lo bonita que era. También había oído de lo buenas que estaban las checas. Bueno, menos es nada. Al menos nos alegraríamos la vista.

Llegamos al hostal y como de costumbre nos tocó esperar. Mierda. Empezamos bien. Sin embargo todo comenzó a ir mejor de inmediato. David llamó al tío del hostal y apareció a los dos minutos y en menos de una hora estábamos instalados, duchados y preparados para salir. Salimos del piso, nos metemos al ascensor claustrofóbico y a mitad de camino, abro la puerta accidentalmente y se para. Mierda. Sólo veíamos un muro de hormigón. Menos mal que al volver a cerrar la puerta el bicho siguió bajando.

Como digo íbamos con la necesidad de fiesta acuciante del déficit esperado en Ámsterdam (por culpa del hostal) y Berlín (por culpa de no mirar la guía y ver sitios para salir). Así que fuimos a lo fácil: pub crawl. Una veintena de internacionales borrachos (la palma se la llevaba una chica irlandesa de Cork) de los que con los que más conversación entablamos fueron unos americano-irlandeses (yo) y un par de suecas (David; la conexión que entablaron es cosa suya de explicar...)

Conclusión: mi segundo día en Praga fue una caminata (como de costumbre) sudando alcohol y resaca por doquier. Mientras la noche anterior David se tiraba a los brazos de Cupido (fallando por poco) yo me lancé a los de Baco (metiéndome de lleno en la barrica de vino, o más concretamente absenta y vodka) y los resultados fueron desastrosos. Menos mal que la comida (carne cruda con especias, especialidad checa) me revivió algo y lo relajado de la tarde y del día ayudó a pasar la resaca. Pero vaya resacón.

Aun así Praga resultó lo bonita que predijeron Kasia y Marcin. Lo es; la ciudad ideal para llevar a mi novia justo antes de que me vaya a Ámsterdam.

Tras Praga tocaba día de transición –uno de muchos- en Viena camino de Budapest. Menos mal. Entre la lluvia que caía, el trancazo que me había pillado y que Viena nos pareció una mierda –además de que España perdió su primer partido del mundial- lo único bueno fue la comida tradicional que me metí al cuerpo.

Budapest, al día siguiente, fue todo lo contrario. El hostal, para empezar, genial. Un apartamento abuhardillado enfrente de la basílica de San Esteban, en pleno centro. El paseo de noche, con la orilla de Buda iluminada y viéndolo desde Pest inmejorable. O eso creíamos hasta que empezaron a tirar fuegos artificiales. Un gran recibimiento.

En resumen, otra ciudad preciosa. Perfecta para llevar a mi novia después de volver de Ámsterdam.

Camino a los Balcanes.

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Nos dejan a medias

Tras la decepción de París llegaban dos de los platos fuertes del viaje: Ámsterdam y Berlín. Previamente, acordamos una parada técnica en Bruselas, donde me reuniría con David, mi amigo de Dublín que se encuentra trabajando allí para la Comisión Europea. Cabrón. Ya quisiera yo.

El encuentro en sí fue gratificante. Volver a ver a viejos amigos (aunque sólo hiciera dos semanas que no nos viéramos, otras veces ha pasado más tiempo) siempre reconforta. Un par de fotos con el Atomium para recuperar oxígeno, una vuelta por Bruselas –grata sorpresa-, una compra de chocolate belga y un dedal para mi madre (los colecciona) y al tren.

Ámsterdam es una ciudad de esas que te enganchan desde el principio. Y eso que no la cogimos con buen pie. Ya desde antes de llegar prometía mucho. Varios de mis amigos vivieron allí -Franzi, Isa; entre otros- y no me habían comentado más que bondades. Las expectativas estaban altas. Muy altas.

Sin embargo en Ámsterdam cometimos la primera gran cagada del viaje. El hostal de Cherburgo fue una cagada mínima comparada con la de Ámsterdam. David, al parecer no vio por ninguna parte que el hostal era en realidad un camping de caravanas. Nada malo de no ser por su ubicación: en Hollendretch, a varios kilómetros FUERA de Ámsterdam. Hollendretch, junto con Alençon (el pueblo que no hacíamos más que encontrar en los carteles camino a Le Mans cuando nos perdimos en Francia) han quedado como los símbolos de la desventura de este viaje.

Debido a eso no pudimos disfrutar todo lo bien que hubiéramos querido de la ciudad. Tener que depender de buses y trenes a casa (sic) es un auténtico coñazo. Y pese a todo, la ciudad en sí nos encantó.

Ahora bien, lo cierto es que para la próxima vez que vaya tengo que ir sin novia. Tras que voy a estar dos meses (o algo más) sin ella, todas esas mujeres amsterdamitas de los escaparates se convirtieron en un suplicio improvisado. O vuelvo soltero –nada más me deje después de leer esto- o para mi despedida de soltero.

Con las ganas de volver a Ámsterdam y la sensación de no haber exprimido la ciudad todo lo que deberíamos volvimos a subirnos al tren. Tocaba Berlín. La capital germana ha sido siempre un buen anfitrión para mí. Sólo que nunca me acuerdo de las primeras noches (las que se sale) así que no sé muy bien moverme para salir.

Las postales salieron al ritmo habitual. Recorriendo a pie toda la ciudad, no nos dejamos nada de lo importante. Incluidas las fotos de rigor en el museo del Holocausto. Pero a la hora de salir no pudo ser peor. Ni encontramos sitios buenos –rectifico; los encontramos pero no con música electrónica de la que le gusta a David- ni conseguimos divertirnos ninguna de las dos noches. Al menos el hostal era cojonudo.

Y así con ganas de fiesta nos encaminamos a Praga.

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Liberando Francia -y encontrando al enemigo

Aquí estamos. Como locos en un ciber café de París buscando alojamiento para nuestra próxima parada. De momento todo ha ido bastante bien –salvo por Francia. Los primeros días en Londres fueron impresionantes. Estuvimos con una chica húngara de Couchsurfing, que vive con otras siete chicas en un mismo piso. Lamentablemente no pudimos pasar mucho tiempo en la casa. Una pena.

Por el contrario, de momento la norma ha sido caminar. Andar, andar y más andadura. Visitamos las postales típicas de Londres en un solo día. Y afortunadamente, esta vez no hubo grandes entradas al estilo de otras ocasiones. Como cuando me rompí un codo y me disloque la rodilla en Gatwick o cuando fui a ver a un amigo a Londres cuando él estaba en Madrid –y el amigo común que tenemos en Madrid estaba en Dublín. Al contrario; ha sido genial. Ajetreado, pero genial.

Tras Londres, vinieron Portsmouth y Normandía. Especialmente esta última fue una experiencia brutal. Con un coche alquilado nos dedicamos a recorrer los sitios del Día-D. Dado que era la fecha del desembarco, había veteranos de la Segunda Guerra Mundial por todas partes. Un par de fotos con dos de ellos prueba que los héroes no entienden de tamaño. Para decirlo claramente: uno de ellos era aun más tapón que yo.

Y si Normandía fue excitante, el viaje hasta Le Mans lo fue aun más. De noche, perdidos y sin gasolina, aun no sabemos muy bien cómo conseguimos llegar y entregar el coche. Hasta el último momento –cuando entregamos las llaves- no supimos si nos llegaría la gasolina o no. Al menos conseguimos encontrar el circuito y correr por él. El pequeño Chevvy (un Chevrolet Matiz) alquilado se portó bien. Menos mal que no era un coche francés…

Y es que desde que pisamos el suelo gabacho nos dimos cuenta de que era nuestro enemigo –junto con la ropa interior que no se seca. Nada mas desembarcar en Cherburgo, la policía nos detuvo intentando encontrar la salida de la terminal de ferries. Tras librarnos de ellos, tocó subir andando dos horas con la mochila (12kg.) hasta el hostal; para encontrarlo cerrado. No era nuestro día. Pero al día siguiente, además, tuvimos la peor noche del viaje. Nota mental: dormir en el coche en un parking de una fábrica no es la mejor idea.

París alegró un poco esa imagen gris de Francia, pero ni con esas. La torre Eiffel decepciona de lejos, impresiona desde la base y quita el aliento desde arriba. Los jardines de las Tullerías son un soplo de aire fresco. Y entrar gratis al Louvre por ser periodista te anima el día. Pero ni con todo eso, ni con la amabilidad de nuestra couchsurfer (Cynthia) fue suficiente como para quitarnos la imagen de una Francia hostil y un París triste y gris.

Y ahora, Ámsterdam.

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El comienzo

Allá vamos. Este blog comienza justo con el principio de mi viaje. De momento, es lo único que me puedo permitir mantener bajo control absoluto. Durante las siguientes ocho semanas, estaré saltando entre autobuses, trenes, barcos, algún avión y muchos, muchos controles de pasaporte. Y durmiendo en hostales de mala muerte o generosos sofás en el mejor de los casos.

Pero que nadie se lleve a engaño. Adoro eso. La vida alocada que otros -incluyendo mi madre- ven con horror y pavor yo la encuentro hecha a mi medida. Un trabajo de nueve a cinco y una vida normal sólo me hace pensar continuamente en cuándo será el próximo viaje.

Sin embargo, pese a ello, los nervios siguen estando ahí. Y en ese punto es donde me encuentro ahora mismo. Decidiendo qué llevar, qué dejar; con las preparaciones de última hora, comprobando la hora de reunión en el aeropuerto, y ese tipo de cosas. Los dos últimos meses han sido de despedidas -en Dublín y en Vitoria- y preparativos. El último, un corte de pelo horrible; espero que me vuelva a crecer rápido. Y aunque llevo esperando este momento meses, aún me siento nervioso.

Desde mañana, empieza la aventura. Bueno, no tanto al principio. Londres no es tan peligroso como algunos se empeñan en creer. El mayor cambio será, no obstante, que mi acceso a Internet se verá mermado. Algunos de mis amigos pensarán que estoy muerto de no actualizar mi página de Facebook. Otros se alegrarán de que no les mande solicitudes chorras.

Respecto a este blog, la idea es actualizarlo cada semana a ser posible. O a post por país visitado. La realidad y Murphy se encargarán de que ese buen propósito no llegue a buen puerto, pero lo intentaré lo mejor que pueda.

Hasta entonces, es tiempo para mí para hacer el último chequeo e irme a dormir. Mañana Londres espera.

Con el permiso de Eyjafjallajökull, claro está.

(Pronto habrá fotos)

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